Sábado, 17 de octubre de 1998 EL MUNDO periodico


Manuel Alvarez Ortega deja de ser «ermitaño» por un día


ANTONIO LUCAS

MADRID.- Hasta el último momento se especulaba sobre su presencia por los pasillos del Círculo de Bellas Artes. Su inquebrantable espíritu de eremita le ha mantenido siempre apartado de los ágapes literarios pero, por fin, se rompió el maleficio.

El poeta Manuel Alvarez Ortega (Córdoba, 1923) recibió, el jueves, el homenaje de un escogido grupo de escritores y amigos con dos motivos portentosos: se cumplían 50 años de la publicación de La huella de las cosas, su primer libro, y la aparición de un volumen titulado Dedicatoria, publicado en la colección Devenir y que recoge un puñado de poemas brindados a lo largo del tiempo a Alvarez Ortega, como un manifiesto de admiración poética y de amistad perenne.

Francisco Umbral, que cerró el acto, César Antonio Molina, Marcos-Ricardo Barnatán, Jaime Siles, Francisco Ruiz Soriano y Juan Pastor fueron algunos de los participantes en el acto.

«Minoritario», «secreto» o «fiel a sí mismo» fueron algunos de los calificativos que se escucharon del poeta cordobés. «Desde sus primeros libros se intuía ya al solitario porque lo que encierra su obra es una profunda soledad», dijo Umbral, quien añadió: «Desde que la leí por primera vez su poesía me pareció insólita. Es una escritura exigente, una autobiografía lírica imparable que sólo cuenta lo esencial».

El broche sorprendente del acto, con espontáneo incluido como en los festejos taurinos, lo puso Alvarez Ortega en un insólito arranque de protagonismo subiendo a la tribuna para leer dos poemas inéditos, algo increíble. Así, se rompió el maleficio.