Sábado, 17 de octubre de 1998 EL MUNDO periodico

17 de octubre 1898 El año en que España perdió su imperio

Un país eminentemente rural


ESPERANZA.- La economía española descansa sobre la siderurgia vizcaína, el trigo castellano y el textil catalán. La vida de las ciudades no difiere de la de los siglos anteriores y la vieja aristocracia impide la aparición de una burguesía transformadora.

JAVIER FIGUERO/CARLOS

G. SANTA CECILIA

MADRID.- La economía descansa sobre la siderurgia vizcaína, el trigo castellano y el textil catalán. La incipiente industrialización tropezaría, además, con la falta de energía propia. La esperanza un día despertada por la hulla asturiana acabaría ofreciendo su cara real: producto de baja calidad y alto coste de extracción, con lo que el carbón se importaría de Inglaterra como se importaron de otros lugares los materiales ferroviarios o gran parte de los bienes de equipo para las fábricas de Cataluña.

Río Tinto y Almadén hacían de España el primer país productor de mercurio del mundo y pronto lo sería de plomo, mientras el cobre y el hierro abrían en el exterior mercados. La actividad textil de Cataluña saldría del siglo con una infraestructura técnica obsoleta.

En esta coyuntura, Barcelona es, pese a todo, el mayor núcleo obrero en la España de 1898. La cifra de trabajadores se aproxima a los 100.000, mientras la de Bilbao se sitúa en torno a los 40.000. Fuera de esas ciudades, hay que hablar de comarcas o cuencas obreras, como la de Asturias, que ronda los 20.000. El país es todavía eminentemente rural, con un campo de explotaciones agrícolas entre la gran propiedad (Andalucía y Extremadura, sobre todo) y el minifundio (Castilla la Vieja y Galicia, principalmente).

En el primer caso el absentismo es la tónica común y, cuando el arrendamiento pudiera mitigarlo, el abuso del propietario impide una inversión que lo hace improductivo. En medio, los asalariados, temporeros o jornaleros, en condiciones de miseria, donde reina la sordidez, la insalubridad y el analfabetismo.

La particular estructura económica de España descansa pues sobre tres pilares fundamentales: la siderurgia vizcaína, el trigo castellano y el textil catalán, cuyos centros de poder respectivos están en Bilbao, Valladolid y Barcelona. Fuera de tales núcleos urbanos, la vida de las ciudades no difiere de la de centurias anteriores.

Frente a aquellas comunidades, Madrid, sede del poder político y de la burguesía centralizadora y administrativa es, básicamente, una agrupación de consumidores que despierta la animadversión de la periferia.

Habrá que decir que esa burguesía no sustituye a la aristocracia terrateniente que la monopolizó, sino que hace suyos los intereses de ésta y se mezcla con ella en la aventura del poder.

Los intereses económicos que se mueven en aquellas ciudades imponen unas bases proteccionistas que mantienen unas estructuras obsoletas, que facilitan el dominio económico y político de los poderosos. La vieja aristocracia del centro peninsular impide la aparición de una burguesía transformadora, con lo que el siglo XIX español parecerá comerse buena parte del XX, prolongando un retraso agobiante que habrá de producir aún enormes y anacrónicas tensiones.