Hasta el 10 de enero se encuentra en el Prado la exposición Felipe II. Un príncipe del Renacimiento. Fernando Checa, autor del muy notable libro Felipe II, mecenas de las Artes, es su comisario. Pinturas, dibujos, esculturas, tapices, armaduras... 390 piezas, unas del propio Museo del Prado, cedidas otras por Patrimonio Nacional e importantes museos extranjeros, informan acerca del gusto, personalidad y ámbitos de Felipe II, rey al que Manuel Fernández Alvarez -autor de Felipe II y su Tiempo y de otros 38 libros, en su mayoría, sobre la España de los Austrias- ha dedicado magistral pluma y muchos años. Gracias a exposiciones como ésta se puede saber más de un rey, en cuyo reinado la intolerancia no cesó de crecer.
La muestra ofrece, entre otras posibilidades, la de ver cómo los artistas renacentistas representaron a los poderosos de su época; ahí está la visión que de sí mismo quiso ofrecer, y ofreció, Felipe II al mundo, ahí se encuentran los componentes canónicos de los llamados retratos de aparato, pero, sobre todo, se muestra la imagen artística, y de mecenazgo, de Felipe II.
En el Prado, ante Felipe II el coleccionista -mientras una niña llora porque no encuentra ningún retrato de Jefrey Moss, el monstruo de las galletas-, algunos paseantes juegan a elegir qué obra se llevarían a casa; unos señalan la tabla central de El Jardín de las Delicias, de El Bosco; otros optan por Las cuatro estaciones, de Arcimboldo; los hay que sueñan con poseer Abraham y los tres ángeles, de Fernández Navarrete; otros desean a Dánae recibiendo la lluvia de oro, de Tiziano. Ante la sensual Dánae recordé un proyecto, La guía erótica del Museo del Prado. Teresa Pellicer tuvo la idea de hacer un libro que diera una visión erótica del arte, siguiendo el recorrido del Prado. A mi vera, ante esa Dánae, un visitante habla del oráculo que advirtió a Acrisio, rey de Argos, sobre su nieto, el que le arrebataría la corona y la vida. Para evitar que se cumpliera el vaticinio, Acrisio encerró a su hija Dánae en una torre de bronce. Pero Zeus amaba a la muchacha, entró en la prisión en forma de lluvia de oro y la fecundó.
En Dánae recibiendo la lluvia de oro todo el amor de Zeus, transmutado en lluvia de oro y luz, danza encabritado por los cielos. De arriba abajo, de abajo arriba, el deseo -su luz candente- ilumina el lienzo, las sábanas revueltas. Y la prodigiosa lluvia cae sobre el cuerpo de Dánae, abierta, entregada, la cabeza vencida hacia atrás, sobre las almohadas, el rostro en éxtasis, volcado hacia el fulgente amante. Pero Dánae no puede acariciar a Zeus, su diestra acaricia las suaves sábanas, así sus dedos aplacan tanta ansia. El brazo izquierdo de la bella cae a lo largo de su cuerpo y la mano, una mano, sola, en penumbra, retira el muslo, parece otra, de Zeus, de Felipe II, de Goya, y Dánae acoje esa lluvia que la enciende hasta la desesperación, el delirio. Negros nubarrones danzan a la derecha del óleo, ahí está la mujer que abrió la ventana de bronce, gracias a ella la pasión dorada de Zeus pudo entrar en la torre. El rostro anhelante de la guardiana observa el fluir de tanta riqueza, con el delantal tendido hacia la lluvia de monedas recoge la paga, casi sin luz la sierva -sobre su espalda y brazos le llega algo del resplandor de Zeus-, y desvía parte del goce, toma lo suyo. En el ángulo inferior opuesto del lienzo, se arrebuja un perro, triste, postergado, la Dánae amiga no está, en su lugar -por encargo de Felipe II, según el arte de Tiziano- hay una Dánae de oro, perdida en el goce, recibiendo.