Sábado, 17 de octubre de 1998 EL MUNDO periodico

HOY SABADO
CARMEN RIGALT

Los pelos de las orejas


Ricardo iba a la peluquería cada dos meses aproximadamente, y lo hacía como quien cubre un trámite rutinario, semejante a la revisión del coche o el pago del IVA. Lo primero que aprendió es que no todas las peluquerías eran iguales, porque mientras de unas salía trasquilado y los amigos le señalaban, de otras salía sin que nadie percibiera la operación a la que acababa de someterse. Lo peor fue cuando un día su mujer, mirando su cabeza, murmuró: «Pareces un concejal».

La otra mañana, en una peluquería de lujo, se le acercó una señorita con uniforme rosa y luego de ofrecerle un café preguntó: «¿Le hago la manicura?» Ricardo asintió alargando sus manos con cierto temor de novato, temor que se acrecentó cuando ella, sentada a su lado en actitud reverente, sacó un cestito y alineó sobre una toalla varios alicates de distintos tamaños. Ricardo contuvo la respiración para disimular el susto. Cada vez que la señorita cogía unos de aquellos alicates se acordaba de un día que fue a hacerse un análisis de sangre y al oír el sonido de unas tijeras sobre el cristal se desmayó.

En la peluquería no sufrió ningún desmayo, pero la prueba fue dura. La señorita le cortó la cutícula, masajeó sus manos, extendió una capa de brillo sobre las uñas y sacudió la toallita, que estaba llena de pellejos. Después abrió su sonrisa de cajero automático y añadió: «¿Le hago tambien los pelitos de las orejas?» Ricardo no podía creerlo. Sin duda estaba refiriéndose a esos pelos que salen en cascada del pabellón auricular. Horror. No podía negarse. La señorita desapareció para regresar con un recipiente de cera humeante que revolvía con una espátula de madera. A Ricardo aquello le recordó la representación del infierno y quiso volverse atrás, pero no pudo. Ella levantó la espátula chorreando cera caliente, y él se aferró fuertemente a los brazos de la silla y cerró los ojos: se sentía como un reo que no quiere presenciar su ejecución.

Un hilillo de sudor frío le recorrió las sienes mientras ella aplicaba sendos pegotes de cera en las orejas. Ricardo se imaginaba como un marciano. Esperó. Cinco segundos. Siete. Diez. Quiso gritar, pero tampoco la voz le salió de la garganta. Por fin la señorita le quitó la cera de un estirón. Rass, rass. Visto y no visto. Sin dolor, sin nada. En vista del éxito, Ricardo ya ha pedido hora para hacerse un peeling y meterse colágeno en las arrugas.