Algunos analistas políticos creen que hay cierto parecido entre la obra fantástica montada en torno al presidente Clinton y la caza de brujas desatada en Salem hace 300 años. Hay algunas semejanzas, y también importantes diferencias.
El tono injurioso y el odio visceral al presidente nos recuerdan la furia de los pastores de Salem que bramaban contra el diablo, como si quisieran molerle el rostro con los tacones de sus zapatos. Si bien no había ninguna bruja en Salem y en cambio Bill Clinton sin duda existe, las emociones en juego no son muy distintas; el deseo manifiesto era y es poner fin a la existencia del diablo mismo.
En ambos casos se ha experimentado una sublime sensación de alivio tras el descubrimiento de los crímenes ocultos del culpable. La iglesia de Salem, que entonces controlaba la aldea, era tan displicente que un gran número de pastores decidía abandonar el púlpito, cuando no eran despedidos por las autoridades. Sin embargo, al descubrirse la presencia de Satanás en la aldea, los habitantes comprendieron en un instante cual era la fuente de sus problemas y, por tanto, una nueva época de paz social se podría iniciar siempre y cuando lograran erradicar la corrupción diabólica.
De repente se creó un ambiente de paranoia; todo el mundo era sospechoso y nadie estaba a salvo.
En el caso del presidente, la diferencia radica en la reacción de la sociedad. En pocas ocasiones casi todos los periódicos del país y los presentadores de televisión se ponen de acuerdo totalmente. Desde el New York Times y el Washington Post, hasta las cadenas de televisión y la prensa sensacionalista, todos los medios informativos han adquirido de golpe una postura moralista, como un montón de limaduras que quedan alineadas en la misma dirección por un campo magnético. No es frecuente que un solo pecador logre sacar del letargo moral a tanta gente y con tanta rapidez.
Pero lo extraño e interesante es cómo la sociedad, el gran semental que suele dejarse conducir mansamente al abrevadero, ha bajado una vez más la cabeza, aunque se ha negado a beber, quizá porque ha notado en el agua el olor rancio de la manipulación política.
Es posible también que, en vista de que tantos matrimonios de estadounidenses acaban en divorcio, y en muchos de estos seguramente con un amante de por medio en la cama equivocada, cierta no declarada identificación con este tipo de problemas matrimoniales ha impedido que los norteamericanos pierdan la simpatía que sienten por su líder, independientemente de lo mucho que les haya defraudado su comportamiento.
A pesar de las palizas que le han propinado a Clinton todos los medios informativos y los mulás de la derecha religiosa, el pueblo, según parece, ha reprimido en gran parte su justificada indignación. Esto no ocurrió en Salem, donde los miembros del clero, que también eran los líderes de la comunidad, eran ajenos a la compasión y también al sentido común, y fomentaron en la aldea un pánico letal.
Se puede trazar, en mi opinión, un paralelo en ambos casos en lo que concierne al factor sexual. Las cazas de brujas suelen desencadenarse cuando el diablo, poderoso semental, despierta la horripilante sexualidad de las mujeres. En Europa, donde decenas de miles de personas perdieron la vida en estos procesos, los pliegos de la época representaban al diablo con dos falos, uno encima del otro. Y claro está, nuestra ruina ocurrió cuando el Maligno corrompió a la madre de la humanidad.
Los pastores de Salem que se lanzaron a la caza de brujas tenían la solemne obligación de examinar el cuerpo de las mujeres en busca de marcas del diablo, quizá el comienzo de una telilla entre los dedos de los pies, un lunar detrás de la oreja, o entre las piernas, la señal de una mordedura en cualquier otra zona. No pude evitar pensar en este maravilloso y santo ejercicio cuando el Congreso comenzó a manosear el feroz y exacto informe de Kenneth Starr sobre los encuentros íntimos del presidente con Monica Lewinsky. Me temo que hay cosas que no cambian mucho.
En cualquier caso, quienes consideran una banalidad el hecho de que Clinton haya mentido sobre una mera cuestión de faldas, no entienden nada; ha sido precisamente su imperiosa necesidad de compañía femenina lo que ha enervado a un gran número de hombres, en particular a los mulás estadounidenses, tal como ha ocurrido en muchas ocasiones a lo largo de la historia. Quizá esto explique en parte el apoyo que aún le brindan las mujeres. Es posible que Clinton tenga gustos sexuales algo escabrosos, pero al menos no es el típico hombre para quien una mujer no es más que un florero vacío, que sólo cumple una función decorativa.
Por otro lado está el factor racial. Clinton, según Toni Morrison, premio Nobel de literatura, es nuestro primer presidente negro, es decir, el primero que es hijo de padres divorciados, de una madre alcohólica, del tipo de personas que ocupan los puestos más bajos en nuestra escala de categorías sociales. Es también el presidente que se ha comportado de forma más relajada y menos afectada entre la gente negra, de cuya compañía y cultura disfruta abiertamente.
Sus estrechas relaciones con los negros pueden, de hecho, haber contribuido al descenso de la violencia que se ha registrado en nuestras calles en los últimos años. Pero quizá también explique, al menos en parte, su distanciamiento del sector blanco, y la campaña de desprestigio que constituye el informe de Starr.
El diablo de Salem era blanco, pero dos de los pocos negros que vivían en la aldea, John Indian y Tituba, fueron considerados sospechosos de actuar como sus consortes. Ambos eran esclavos. Tituba fue torturada hasta que delató a las mujeres que había visto en compañía del diablo, desencadenando así la caza de brujas. La identificación de la sexualidad femenina con las mujeres de raza negra en un mundo dominado por los blancos es un fenómeno conocido, y en esta ocasión tuvo consecuencias mortales.
En el caso de Clinton se ha destapado una furia tan desbordante que recuerda el estallido de ira de Salem. Si mintió bajo juramento está claro que violó la ley. Sin embargo, no parece probable que los padres fundadores de la nación le hubiesen pedido al Congreso que, como parte del castigo, determinara qué partes del cuerpo de la mujer en cuestión había tocado el presidente. De no existir este intenso odio hacia Clinton, que a veces da la impresión de ser el miedo a un ser infernal e inmundo, portador de un mal sobrenatural, a Starr le habría bastado informar que el presidente había tenido una aventura amorosa, y que lo había negado bajo juramento.
A causa del paroxismo de los habitantes de Salem, la aldea quedó en ruinas, convertida en un lugar maldito y desierto, donde durante cien años nadie quiso adquirir tierras, cultivar o construir casas. Los habitantes de Salem habían representado los tenebrosos mitos de su subconsciente, y se habían devorado los unos a los otros, todo en nombre de Dios y de los valores morales. Fue la explosión volcánica de una fuerza reprimida que dio a los habitantes de la aldea licencia para hablar abiertamente en los tribunales de sentimientos que hasta ese momento mantenían encerrados con vergüenza en su corazón, como por ejemplo la mujer que declaró que una noche su vecino atravesó volando la ventana de su habitación, se le abalanzó y dispuso de ella. Su declaración se consideró un testimonio inspirado por Dios, y la orden de los cielos era matar al vecino.
Salem se purificó a sí misma casi hasta la muerte; sin embargo, es posible que, a fin de cuentas, algo positivo haya surgido de la aldea. No tengo suficientes conocimientos históricos para confirmarlo como un hecho, pero a menudo me he preguntado si la caza de brujas no contribuyó a que cien años más tarde se redactara la Declaración de Derechos, y en particular la quinta enmienda de la Constitución, que prohíbe obligar a un acusado a que declare en contra de si mismo, una disposición que habría parado en seco la caza de brujas. Es posible que también haya contribuido a levantar el muro que separa la iglesia del Estado en Estados Unidos, ya que en Salem fue donde el poder teocrático tuvo su último momento de gloria. Al menos es lo que uno quisiera pensar.
Arthur Miller es dramaturgo estadounidense.