La fortuna, con espigas en la cintura y frutas en los pies, besó rostro de José Borrell, hace unos meses, cuando, burlándose de los enredos del poder, le concedió una victoria popular, limpia, deslumbrante. Creo que él no supo leer las entrañas de las urnas. En vez de saludar a la suerte, ese viento que a veces nos lleva, se encerró en el cuarto de los muertos. Cuando arrolló en las primarias parecía que llegaba al centro de la política un nuevo jefe de Gobierno, veraz, sin ataduras, sin esqueletos. Pico de oro, culto, ministro brillante, político de la nueva izquierda europea al estilo de D'Alema, Jospin o Blair. Y es muy posible que hubiera llegado a ser un buen presidente si la cúpula de su partido no le hubiera atrapado. Pero tampoco hay que echar toda la culpa a esa oligarquía de funcionarios capaces de quemar lo que adoraban y adorar lo que quemaban. Esas almas muertas enseguida hacen gimnasia de columna; actuaron así porque comprobaron que al candidato le faltaba fortaleza o, por decirlo con la terminología clásica, virtud. «La fortuna», escribió Maquiavelo, «domina sólo el cincuenta por ciento de nuestras acciones; mas cuando los políticos no están animados por ninguna virtud, la fortuna les aplasta por débiles».
No sé qué factores humanos, qué inseguridades, le impidieron a Borrell llegar a Ferraz y dar una patada a la poltrona. En vez de hacer valer su victoria, trató con los de la nomenklatura rota. Hoy, aquellos enredadores del aparato, comandos de la intoxicación, áulicos de Felipe y el propio Felipe le ven como a un subalterno. En la dirección del PSOE casi nadie cree que Borrell sea capaz de derrotar a José María Aznar y además no lo desean. Esto no llegaba yo a entenderlo, pero un viejo amigo me convence de que le han perdido el respeto, desprecian al equipo que ha elegido y además entienden que le falta la fuerza indispensable para hacerse con el partido.
«Quien mata al león come; a quien no lo matan, lo comen», me dice. El proverbio se ha cumplido y el hombre que ganó la fiesta de las panteras no supo utilizar las zarpas para aplastar a los burócratas. Se dejó arrebatar el poder que le dieron las bases. Los felipistas de caninos bien desarrollados lo rodearon cuando estaba aturdido por los focos de la victoria. En el PSOE de las tres cabezas la cortada es la de él. Va por ahí leyendo discursos censurados.
Los de la Plataforma de Madrid, que apoyaron a Borrell en la primarias, denuncian el deseo de la cúpula dirigente de mantener el control del partido por encima de la voluntad de gobernar el país, según informaba ayer nuestro compañero Francisco Frechoso. Dan las próximas elecciones por perdidas y ni siquiera desean ganarlas. No enuncian sus errores y debilidades. No cuentan que José Borrell se tragó Guadalajara y se comerá el tricornio de Galindo. De Gaulle comentó que hacía mil años que Francia estaba muerta. Borrell se ha atrevido a comentar que España se deshace, pero su discurso alternativo, limpio, democrático ha sido aplastado por el viejo aparato.